Reseña de Denominación de Origen (2024) - Fontecine

¿Longa maestra? ¿Ganadora del Longar a Mejor Longametraje? ¿El longáculo del séptimo arte? Entre miles de longatallas y un excelente marketing, Denominación de Origen destaca como una de las mejores películas chilenas en años y como punto de inflexión para reentender la relación entre cine nacional, público general y nuestra propia idiosincrasia como habitantes de este lindo pasillo.
Denominación de Origen funciona por varias razones, pero la más fácilmente perceptible es su encanto. ¡Todos los personajes rebosan carisma! Luisa brilla con su ímpetu, Dj Fuego con su desfachatez, Juan Peñailillo con su optimismo (con una dosis justa de venta de humo) y el Tío Lelo que… es el Tío Lelo (tremendo chad ⭐️). Todos los personajes son memorables, naturales y creíbles (no parece que la película fuera un falso documental), lo que realza su gracia a niveles mayores.
Otra cosa buena es que este encanto y naturalidad no se limita a los protagonistas, sino a todo el apartado técnico. Denominación de Origen está dirigida y editada de una manera que humoriza la mayoría de situaciones (hay varios cortes que son hilarantes) sin quitarles humanidad. El mérito de Tomás Alzamora es gigante al montar una película tan humana y cautivadora y, al mismo tiempo, potenciar su comedia con una edición que fomenta el humor absurdo y hasta algo shitposter, pero de una manera que fluye con la naturaleza de la premisa misma.
Y esa es otra: la premisa de Denominación de Origen es sobre longanizas, pero no solo trata de eso. La trama de un movimiento social de acrónimo impronunciable que se alía con un grupo de longaniceros para recuperar, a través de unos embutidos, la dignidad de su pueblo es absurda per se, pero es demasiado real al mismo tiempo. La película está llena de secuencias y momentos tan naturales que representan parte de la idiosincrasia misma del chileno: un sujeto malgenio y egocéntrico pero aperrado y luchador. Los santiaguinos no encontraremos mucho material con el que identificarnos, pero el acuerdo general y otras conversaciones que he tenido sobre la cinta me han llevado a entender que Alzamora logró exhibir rasgos muy representativos de los pueblos de región, tanto buenos y nostálgicos como absurdos e inexplicables. El conflicto entre San Carlos y Chillán es una excusa para representar las vivencias y actitudes del chileno en su máximo esplendor, como pocas veces se muestran en el cine nacional (con comedia y sencillez).
La representación del chileno queda claramente expuesta en un último acto que convierte a la película de una apasionada y enternecedora comedia a una obra trascendental y excelsa. Los últimos 20 minutos de Denominación de Origen exhiben los vicios y virtudes del chileno con una frialdad cómica y una calidez incómoda, mediante una analogía obvia pero brillante que referencia a un proceso histórico reciente del país. La tesis de “el chileno es pesado, egoísta y muchas veces será la piedra en el camino de otro chileno, pero tiene un don para sobreponerse a las adversidades y seguir adelante con su vida, con las sonrisas y lágrimas pertinentes” es genial y conmovedora. Esa reflexión, junto a su ejecución cinematográfica, levanta a la película hasta volverla gloriosa.
El cine chileno no está muerto y lleva varios años sin estarlo (es más, suele producir varias obras de calidad todos los años), pero sí tiene problemas para motivar al público general a ver sus películas al cine cuando no son grandes producciones. Denominación de Origen destaca por su encantadora representación del chileno, pero, ¿por qué estos cumplidos no los reciben otras producciones nacionales? Podría decirse que es porque la mayoría de películas centran sus tramas en Santiago (lo que no es raro viniendo de un país centralista), ciudad tan multicultural que construye una imagen cinematográfica prejuiciosa del chileno como alguien similar al argentino, mexicano o, incluso, al estadounidense (véanse las películas de Nicolás López; éxitos en taquilla que no representaban a nadie xd). Otros comentan que es por la repetición de premisas y tópicos en los filmes (como las quejas por el cine sobre dictadura), aunque yo al menos no creo que ese sea el caso (hay grandes películas sobre dictadura muy representativas de la idiosincrasia del chileno). Tengan la opinión que tengan, el éxito transversal de Denominación de Origen fuerza el diálogo sobre este tema, y ojalá pueda ayudar a construir un camino para que el cine chileno mantenga estándares de calidad altos y sea consumido de mayor y mejor forma por el público general.
Denominación de Origen es memorable, graciosa, emotiva y brillante. ¡Vayan a verla! Además, las longanizas se veían muy ricas (y eso que soy vegetariano…). ¡Arriba San Carlos!




